Hace unos cuatro años me dedicaba profesionalmente a escribir.
Bueno, más o menos.
Mi trabajo consistía en producir, producir y producir contenido. Escribía para otros, escribía mucho y escribía prácticamente todos los días solo por trabajo (también muchos fines de semana).
Así que como es natural, llegó un momento en el que perdí el gusto. Ahora después de cuatro años es cuando lo estoy retomando, aunque de una manera muy muy diferente.
Pero aun con todo, la escritura era solo una parte de todo lo que no estaba funcionando en aquella época. Estaba tan saturada que no quería siquiera darme cuenta de ello porque eso implicaba enfrentarme a la tediosa tarea de mirarme “padentro”.
Y ninguna gana tenía yo en ese momento, la verdad.
Pero el punto está en que precisamente si no miras lo que te pasa, tu propio sistema encontrará la manera de expresar ese malestar.
Es como el pitorrito de la olla a presión que va avisando.
Hay varias señales: rumiación, insomnio, frustración… (aunque esas cosas son más internas de cada uno). Sin embargo, hay algo que sí se expresa hacia afuera y que para mí, es la señal clave de que algo no va bien.
La queja.
O lo que es lo mismo: esa verborrea incesante y densa con la que martilleamos a los demás.
Lo bueno de estar quejándote
Aunque suene paradójico, es gracias a esa forma de reventarle los oídos y la paciencia a los demás, lo que hace que la queja sea en el fondo tu mayor salvavidas. Siempre que quieras darte cuenta de ello, claro.
Porque llega un momento que si tú no quieres parar de quejarte, encontrarás a una persona de tu entorno lo suficientemente lista e iluminada que te hará el gran favor de mandarte más o menos contundentemente a la mierda.
En mi caso, esa persona fue mi mejor amiga, que por aquel entonces se sentaba a mi lado en la oficina.
Me dijo: “Beatriz, si algo no te gusta, o lo cambias o te callas”.
Y supongo que lo que me molestaba era que había dejado pasar tantas cosas por no prestarme más atención, que me tocaba reordenar todo ello y ni sabía por dónde empezar.
Pero eso era responsabilidad mía. Así que me quedaban dos opciones:
- Hacer cambios.
- Si no quería hacer cambios, está bien, pero al menos dejar de amargar a los demás.
En el fondo prefería la segunda opción, pero entendí más pronto que tarde que en realidad, esa segunda opción no existía.
Si estás mal y no haces nada con aquello que te está generando ese malestar, probablemente terminarás emanándolo hacia fuera. Y muchas veces lo harás sin darte cuenta.
Por eso, antes de intentar dejar de quejarte, quizás convenga escuchar de qué te estás quejando. Porque a veces la queja no es el problema, sino el síntoma de que llevas demasiado tiempo sin hacerte caso.
El peligro de la queja
A la semana o así de tener esta conversación tan “profunda” con mi amiga, pedí un cambio en el trabajo. Era de lejos lo que más me drenaba.
Sabía que la empresa podía decirme que no, con las consecuencias que te puedes imaginar. Y aun con eso, era lo que tocaba hacer.
Finalmente me dieron lo que pedí.
La conclusión que saqué no fue tanto la de “debería haber pedido el cambio antes”, sino más bien cómo la queja constante te atrapa, te drena y te hace enfocarte más en el problema en vez de en tomar acción.
Por mucho que finalmente la queja desborde y tengas la epifanía de tener que hacer cambios, es bueno adelantarse a eso. Sobre todo por un tema de salud y bienestar propio y con los demás.
Por eso, la queja es señal o síntoma de que hay algo que conviene cambiar. Y lo mejor que se puede hacer es no alargarlo en exceso.
¿Qué hacemos cuando no podemos cambiar las cosas?
Sí. Hay muchas cosas que no se pueden cambiar: una enfermedad, un fallecimiento, decisiones ajenas, determinadas situaciones del presente…
Pero desde mi experiencia, hay muchas otras situaciones que sí podemos cambiar o que por lo menos admiten un margen de acción para responder de una forma diferente. Ante esas situaciones solemos creer igualmente que no podemos cambiarlas.
Esta idea y solo en estos casos, me parece muy lapidaria y te sitúa justo en el peligro de que nada cambie.
Y si aun con todo crees que no puedes cambiar aquello que te está haciendo daño, está bien. Pero eso no significa que no puedas empezar a moverte en otra dirección distinta.
Quizás no puedas dejar un trabajo mañana, terminar una relación, mudarte o solucionar un problema económico. Pero sí puedes dejar de permanecer inmóvil y empezar a modificar pequeñas cosas.
Eso mismo dice la psicología cuando se refiere a la importancia del control percibido: sentir que nuestras acciones pueden influir en lo que nos ocurre está relacionado con nuestra forma de afrontar situaciones adversas. Y en el extremo contrario, experimentar repetidamente que hagamos lo que hagamos nada cambia, puede favorecer la pasividad.
Eso hace la queja prolongada: colocarte en una posición pasiva con ideas como “esto me molesta”, “esto debería ser diferente”. Mientras que hacer algo, aunque sea pequeño te devuelve la sensación de control.
Así que si hay algo en este momento de tu vida que no te guste o que te esté drenando, haz un pequeño cambio. No tiene que ser grande. Mejor algo pequeño o incluso que añada una novedad aunque te parezca insignificante: poner menos cantidad de azúcar en el café por las mañanas, ir por otro camino al volver a casa, empezar a leer más.
Cualquier cosa sirve y ve escalando las opciones.
Prohibido quejarse
Ocurrió algo curioso cuando estaba en aquel trabajo gastando energía.
La empresa nos regaló a todos el libro Prohibido quejarse de Jon Gordon – Una historia para dar energía a los equipos de trabajo .
Esto da una idea de que no era solo yo quién se quejaba. Y hasta cierto punto, todos en el equipo hicimos algún chascarrillo sobre el asunto. Pero eso sí, nos leímos el libro.
No te voy a mentir, era fácil identificarse con el problema de la queja en entornos de trabajo. No creo que aquí nadie se libre. Pero más allá de eso, el libro ofrece unas claves que a poco de recordar en el día a día, puede mejorar tu actitud, reducir la negatividad y que dejes de ver el vaso medio vacío.
Es más, te dejo aquí 4 preguntas que me hago yo para calibrar mi nivel de queja y la posibilidad de hacer cambios.
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¿De qué me estoy quejando últimamente?
Puede ser una o varias cosas. Cuanta menos atención me presto, más se va acumulando y más empiezo a quejarme por todo.
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¿Cuál es el verdadero problema de fondo?
Sobre todo cuando mi actitud empieza a ser muy negativa, se multiplican las quejas y no se refieren a un problema concreto, sino que son más bien el síntoma de una raíz que no estoy observando.
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¿Hay algo de esto que dependa de mí?
Y no me refiero a solo dejar de quejarme. Sino a mirar qué punto exacto puedo cambiar y que depende de mí. Si no depende de mí, tengo que aprender a soltarlo porque no tengo control sobre ello.
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¿Cuál es el cambio más pequeño que puedo hacer?
Y aquí trato de que la modificación sea mínima porque antes de ver que mi situación ha cambiado, necesito recuperar la sensación de que tengo un margen de control.
Dicho todo esto, la conclusión no es que te prohibas la queja ni convertirte en alguien que acepta todo sonriendo. El punto es más bien escuchar la queja porque puede estar señalando algo a lo que no estás prestando atención.
Así que si descubres que hay algo que sí depende de ti, no necesitas resolverlo hoy; solo empezar a moverte.