Podríamos definir la acción como el puente que permite que las ideas se materialicen hacia afuera.
Hasta que actuamos, todo puede seguir siendo una posibilidad: un sueño, una intención, una conversación pendiente o un proyecto que algún día empezaremos. Pero sólo cuando pasamos a la acción, nos permitimos dar forma a todo ello.
Y actuar en este sentido, no consiste únicamente en hacer cosas. Sino en aceptar que llega un momento en el que pensar ya no aporta más claridad. Solo la experiencia lo hace.
Por eso la acción para mí es como un nexo sin el cual, el resto de dimensiones cojean.
La creatividad sin acción se queda en imaginación.
El propósito sin acción se queda en intención.
La abundancia sin acción se queda en deseo.
Los vínculos sin acción se quedan en palabras.
Cuando añadimos este puente, es cuando dejamos de contemplar el acantilado de patrones que llevamos años repitiendo y nos permitimos llegar al otro lado, que es nuestro propio crecimiento personal.
El poder de la acción
Teniendo esto en cuenta, la acción tiene la capacidad de hacer visible lo invisible.
Es decir, tiene el poder de dejar que una posibilidad se convierta en una experiencia real.
Y es que hasta que no accionamos todo puede existir como:
- una idea
- un deseo
- un propósito
- una intuición
- una creencia
Pero la acción es la que da dirección y conecta nuestro mundo interior con la realidad del afuera.
Y si esto lo tenemos claro, empiezan a emerger las cualidades que ayudan a sostenerla: constancia, disciplina, decisión y confianza.
¿Qué ocurre cuando no actuamos?
Me he dado cuenta que a la hora de actuar, las personas percibimos un riesgo real de que todo pueda salir mal.
Es decir, el resultado todavía no existe, hay que crearlo, pero muchas veces preferimos colocarnos en el extremo de “si hago esto, puede salir mal”, en lugar de “si hago esto, puede que me salga bien”.
Es cuestión de percepción.
Por eso, yo diría que la no-acción dice más de nosotros mismos que de lo que supuestamente vamos o no a lograr obtener de la vida.
Es decir que no deberíamos preocuparnos tanto de la consecuencia del “no hacer”, como del presente que ya estamos sosteniendo. Y es que muchas veces, los motivos de la no-acción son lo más llamativo porque suelen revelar un intento de protegernos de las posibles consecuencias del llamado fracaso.
De ahí nacen la procrastinación, el perfeccionismo, el miedo, la necesidad de certeza, la aprobación externa, el análisis infinito.
Esto no es un juicio. De hecho, hay momentos en los que no actuar también puede ser una decisión consciente. Pero aquí me refiero a esas otras situaciones en las que queremos movernos, pero no conseguimos hacerlo.
Y ahí es donde aparece una brecha que todo ser humano tiene que enfrentar en algún momento si lo que quiere es acercarse a la vida que realmente desea.
¿Qué ocurre cuando sí actuamos?
Aquí no me referiría tanto a los beneficios de una supuesta rutina: hacer ejercicio, madrugar, comer sano, dormir bien (obviamente son cosas importantes y recomendables). Pero sí a algo un poco más integrador.
Si lo pensamos bien, la acción no garantiza resultados por sí misma.
Es decir, cuando emprendemos cambios y acciones es porque queremos llegar a un punto concreto. Pero eso no significa necesariamente que vayamos a llegar tal y como lo hemos imaginado.
Ahora…
Eso en sí no es malo.
Porque lo que sí quiere decir, y me parece mucho más poderoso y útil, es que la acción en realidad lo que garantiza es aprendizaje.
Y posiblemente llegar más allá de dónde queríamos en un primer momento llegar.
Por eso, ¿cómo podemos conseguir mantenernos y sostenernos en esa acción continuada que muchas veces supone un reto o que muchas veces no se traduce en resultados en lo inmediato?
Aquí diría que todo depende del lugar desde dónde decidas actuar.
Y es que no es lo mismo actuar desde lo que otros te dicen que tienes que hacer o desde la poca convicción de las cosas. A hacerlo desde ese lugar dentro de ti que sabe que tiene que hacer un cambio.
¿Cómo ver la diferencia?
En un caso actúas para obtener algo. Solo importa el resultado. Y ahí, si el resultado tarda meses en llegar lo más probable es que abandones.
En el otro, la propia acción ya representa quién quieres ser o cómo quieres vivir. El resultado deja de ser entonces la única fuente de motivación.
Puedes estar aterrada y, aun así, sentir que la decisión es tuya.
Puedes no estar segura de si tu proyecto funcionará y, aun así saber que quieres probarlo.
Puedes dejar una relación sin tener ninguna certeza sobre lo que vendrá después y, aun así, sentir que quedarte ya no es coherente contigo.
Esas acciones son las que se sostienen, independientemente de lo que pase más adelante.
Todos los artículos sobre la acción
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