Siempre se nos ha dicho que hay que pensar antes de actuar. Pero muchas veces pasa que de tanto pensar no hacemos nada.
Seguro que conoces esa sensación.
Estás frente a una tarea, una decisión, un cambio o un mal momento y lo único que haces es pensar una y otra vez qué deberías hacer, cuál es la decisión correcta, qué pasaría si haces algo y resulta que sale mal….
Eso pasa.
Queremos tener la ruta bien pensada para ir del punto A al punto B. Y al final de tanto pensar, lo que te queda es un mapa poco concreto que no usas.
Me recuerda a esos mapas que siendo niña veía en algunos despachos y oficinas colgando de la pared. Yo solo podía pensar que es absurdo colgar un mapa. Si acaso lo que se tiene que hacer es doblarlo y salir de ruta con él.
Así lo cuentan las historias. En ellas tener un mapa representa la aventura de ir a por algo que quieres. Y de tanto seguirlo con la fe ciega de que te va a llevar a un tesoro, el mapa se arruga, se rompe y se ablanda hasta confundirse con un pañuelo usado.
Ese sería el verdadero uso que habría que darle.
En cambio en la vida real, lo que nos queda son mapas colgados de la pared.
Aun si representan las cosas que queremos alcanzar, tienen tanto análisis encima, tanta carga y creencia de que es muy difícil seguir el camino que marcan, que nos quedamos inmóviles contemplando lo que deseamos sin hacer nada.
Así que la pregunta sería: ¿Tiene sentido analizar todos los pasos antes de actuar?
Si me preguntas a mí, he llegado a la conclusión de que complicamos situaciones sencillas.
Yo la primera.
Ya sea por inseguridad, nervios, ansiedad o miedo, muchas veces no hacemos lo que deseamos hacer porque supone un reto a nivel emocional.
Pensar que actuar nos puede dejar peor de lo que estábamos, suele ser el argumento suficiente para no hacer nada.
Pero es paradójico porque creemos que pensar en ello y trazar el mapa ya es hacer algo. No es así. Solo nos hace creer que estamos logrando algo al analizarlo todo, pero lo único que hacemos es evitar una situación emocionalmente difícil.
Ese es el problema: nos hace creer que avanzamos, pero no es real.
De hecho, la mayoría de los problemas que no encaramos, tienen respuestas sencillas.
Si tienes miedo a no tener éxito en un emprendimiento, lo único que tienes que hacer es lanzarte a probar.
Si temes enviar un correo, no lo escribas mil veces, solo envíalo.
Si estás esperando el momento perfecto para dar una mala noticia, solo dala porque no hay momento perfecto para algo así.
Si no sabes si le gustarás a una persona, solo te queda hablar con ella y averiguarlo.
En definitiva, si temes tomar una decisión porque no sabes cómo va a salir, mirar los ejemplos de otros, calcular todas las variables o tratar de saber el final de la historia es inútil.
Solo sabrás lo que va a pasar cuando recorras ese camino hasta el final.
El análisis puede tener sentido si tomas una decisión después. Si no es así, has entrado en el bucle del agotamiento mental.
Lo bueno es que seguramente puedas imaginarte cómo se sale de ahí.
Así es.
No pienses más y simplemente hazlo.
(Fin del recordatorio).
Soy la clase de persona que olvida este principio básico. Así que este texto es un recordatorio al que acudo muy a menudo.
Si eres una persona que se queda más en la mente, que tarda en tomar decisiones y que la acción misma de salir de la zona de confort le supone un gasto de mucha energía, te recomiendo que también recuerdes esto.
Nada va a ocurrir por desear o pensarlo mucho. Todo tiene que traducirse en una acción inspirada que vaya en consonancia con lo que deseas. Y muchas veces esas acciones solo buscan derribar el miedo.
No son cómodas, no son fáciles y no siempre desencadenan algo positivo. Simplemente son necesarias y te permiten evolucionar.
Toda evolución es tirante, pero esa es la zona de confort a la que debemos aspirar.