El síndrome del buffet libre

escrito por beatriz

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¿Qué pasa cuando entramos en un buffet libre?

Es una de esas cosas que hacemos porque hay que hacerlas. Da igual lo que hayas hecho la noche anterior o a qué hora te has acostado, que sí o sí, “toca” aprovechar el buffet.

Yo cuando fui la primera vez a uno, me sentí como Jack Sparrow: “Arrasa con lo que veas y generoso no seas”.

Y allí que vamos todos con la bandeja y platos vacíos para seleccionar un popurrí de cosas. Los hay más sanos y más calóricos, pero a más de una persona le vuela la cabeza frente a tanta posibilidad de elegir.

Quizás tu filosofía del buffet sea otra y sabes disfrutarlo bien, sin agobios. Pero yo más de una vez he visto a gente arramplar como si de verdad fuera gratis .

Tienes comida infinita a tu disposición (si eres de los primeros, claro). Vas picando de aquí y de allá de forma ansiosa. Y al final, terminas con empacho, sintiéndote mal y paradójicamente, sin haber disfrutado ni saboreado nada de lo que comiste.

Y la cuestión es que así es como vivimos hoy en día.

No ha existido una época en la historia donde haya sido tan fácil acceder a todas las cosas que deseas: tienes series y películas para distraerte, tienes todo en un supermercado, puedes comprar casi cualquier cosa a golpe de click.

Todas las cosas que anhelas parecen super accesibles.

Incluido el sexo.

Y cuando algo no te gusta o te has cansado de ello, lo cambias. No le das una segunda oportunidad: un trabajo, una pareja, una amistad, una decisión que en un principio sí, pero luego no.

Parece que en eso consiste el juego. En pasar por todo ello, en acceder y probar todas las cosas que la vida ofrece en vez de centrarte en una sola e ir a por ella.

Es lo que tiene vivir en la sociedad que ha preferido priorizar la satisfacción inmediata al esfuerzo constante.

Y ojo, porque nos esforzamos constantemente, pero no donde toca. Ese es el punto.

El agotamiento y el falso refugio de la dopamina

La sociedad nos vende que debemos haber probado todas estas cosas y llegar al éxito en todas las vertientes: en la pareja, el trabajo, la familia, las amistades, el dinero.

Todo son oportunidades ahí fuera para tener éxito en todo.

Si estás buscando una rutina para ponerte en forma, tienes cientos de ofertas que te prometen que puedes lograrlo en poco tiempo, comiendo lo que te gusta y sin hacer mucho ejercicio.

Si estás buscando tener más dinero, seguro encontrarás un curso con el que una persona ha logrado triplicar su facturación en tan solo dos meses.

Si buscas relaciones más significativas, tienes las aplicaciones que te prometen que darán con tu match perfecto.

Y cualquiera en medio de eso nota como los ojos y el cerebro le hacen chiribitas. Así que compras cursos, libros y escuchas cien mil podcast para resolver tu problema, pero con el tiempo, no lo has resuelto.

¿Y sabes qué?

Que eso es lo más normal del mundo.

No podemos pretender lograr metas cuando ni siquiera sabemos si son 100% nuestras o si son las que otros nos han dicho que tenemos que obtener.

Cuando perseguimos metas ajenas, solo ocurre una cosa: agotamiento.

Y cuanto más te quedes en esa rueda sin saber qué estás haciendo ni por qué, más agotado y agotada estarás.

Es así y tiene que ser así.

Por experiencia sé que las personas solo llegamos a conclusiones importantes cuando hemos explorado todas las vías y ya solo nos queda contemplar la realidad de nuestra vida.

Así no se puede ser feliz

En ese estado de agotamiento, la mente solo pide una cosa: que nada más moleste.

Entendemos la felicidad como un momento de paz del tipo “solo quiero troncharme en el sofá sin tener nada más que hacer”. Pero la sociedad no quiere eso. La sociedad quiere que en esos momentos de aparente calma, tú tengas un enganche tan bestial a todo, que lo primero que hagas sea mirar el móvil en posición horizontal para “desconectar”.

Algunos memes que te suben el ánimo sí, pero enterrados en un montón de mensajes o publicidad que te dicen “mira la vida que te estás perdiendo en este momento”.

Es más fácil eso, que ir a darte un paseo sin ningún aparato tecnológico para respirar aire puro.

¿Por qué?

Porque estás agotado hasta para ponerte unas zapatillas cualquiera y salir a pesar del frío, del calor, del viento o de la lluvia.

¿Esto significa que eres perezoso? No. Significa que has llegado al límite. Y hasta el límite está normalizado.

Nuestra vida entonces se resume en la pausa constante mezclada con chutes de dopamina. Es lo contrario al éxito, pero todavía hay quien nos quiere hacer pensar que esta forma de vivir es exitosa.

Ser extraordinario significa anteponerte a todo

La parte positiva de todo esto es, como te decía antes, que llega un punto en el que el agotamiento te hará saber la verdad: tienes un anhelo interior que siempre llama a la puerta.

Sí. Está completamente eclipsado por pensamientos negativos y conformistas de “eso no es para mí”, pero en realidad sí, sí es para ti. Sí es para todos.

La gran revelación de esto es que la felicidad se encuentra en ser extraordinario. Ni más ni menos.

Conformarse con la “felicidad de anestesia” creyendo que la ausencia de asuntos que tratar o de que seríamos más felices si no tuviéramos X problema, X contratiempo, X decisión pasada o X relación, es un distractor que hace que busques más distractores para no mirar lo que toca hacer: ir a por lo que de verdad quieres.

Piénsalo.

Si enfocases tu atención en una sola cosa y esa cosa fuera lo que de verdad te gustaría hacer, ¿qué podría pasar?

Seguramente priorizarías todo en base a esa cosa.

Te plantearías metas en base a ello. Adquirirías nuevas rutinas, mayor disciplina y sensación de alinearte con algo porque en el fondo, eso es lo que quieres lograr y tu día a día tendría un sentido.

Incluso, podrías dejar de sentir la dependencia a todos esos distractores solo porque estás disfrutando de otra cosa más sana, que ofrece más y que tiene más sentido

¿Para quién? Para ti.

Dejarías de perseguir metas ajenas que te desgastan para perseguir metas propias que te nutren.

A lo mejor ahora no te ves despertándote a las 5 de la mañana todos los días para trabajar en algo y piensas que nunca, bajo ninguna circunstancia, madrugar tanto es tan satisfactorio. Pero eso es porque no te estás dedicando a algo que realmente tiene sentido para ti.

Cuando haces lo que amas y amas lo que haces, no hay hueco para procrastinar. Solo estás tú, tu propósito y tus metas.

Es como si en lugar de ir al buffet libre, te vas a comer a un restaurante 5 estrellas.

Eso tiene sentido. Aunque la sociedad nos diga que no porque es muy difícil, muy caro o muy poco normal.

Y sí, es muy poco normal esforzarse en lo que de verdad una persona quiere. Pero es lo más sano para ti y para el mundo. En lugar de esforzarse al máximo por algo que no es lo que tú necesitas, ni quieres, ni te hace crecer.

No es un problema de esfuerzo. Es un problema de enfoque.

La felicidad que nos han vendido no es la felicidad que te hará feliz (valga la redundancia). Porque cuanto más pienses que la felicidad es la ausencia de obstáculos y de problemas y que es estar tranquilo porque no puedes más; más te alejas de tu verdadero potencial y propósito.

Grabátelo bien o escríbelo en alguna parte: la felicidad es abrazar lo que has venido a hacer. Es decir, ser una persona extraordinaria.

El precio extraordinario de ser extraordinario

Como te decía, no eres vago, “solo” es cansancio extremo.

No vives lo que deseas, solo lo que toleras. Y aunque sea contraintuitivo, toleramos muchísimo: un mal trabajo, una relación tóxica, una vida de poca sustancia, unas rutinas muy poco sanas…

Cuando te cansas de todo eso (y suele pasar porque vivir así agota) entonces es cuando piensas que merece la pena intentar algo diferente. Algo que te llene más.

¿Por qué?

Porque ya conoces la otra cara de la moneda. Ya sabes lo que es el precio de conformarte y de vivir la vida que otros han impuesto y vendido como “mejor esto que otra cosa”.

Para cuando te das cuenta, ya tienes muchas herramientas. Solo tienes que lidiar con el mayor problema: el agotamiento.

Porque es difícil pedirle a alguien que se esfuerce por lo que quiere cuando tiene las pilas al mínimo, pero ese es el precio a pagar.

Lo extraordinario requiere esfuerzo, cruzar obstáculos y tolerar la incomodidad. Pero es un esfuerzo que sacia, a diferencia del esfuerzo vacío de buffet libre.

Por eso, salir de esa dinámica es el primer paso para volver a disfrutar de las cosas y de tener una mejor vida.

Deja de picar de todos los platos para intentar llenar uno vacío con cualquier cosa. Elige una sola que te guste, que te sacie y con la que disfrutes de verdad. Acepta el esfuerzo y las renuncias que conlleva.

Es mejor el cansancio de haber escalado tu propia montaña que el empacho de haber vivido la vida de otros. Porque en la cima de tu propia montaña está la recompensa de ser feliz.

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