Cuando la vida nos devuelve a donde no queremos

escrito por beatriz

archivado en Transformación

Imagina a alguien que odia su trabajo y consigue dejarlo. Encuentra otro empleo, pero unos meses después termina haciendo lo mismo. O regresa a casa de sus padres después de haberse independizado. O incluso, vuelve a un estado emocional que creía haber superado.

El hecho objetivo puede ser bastante sencillo: “He vuelto al lugar al que no quería volver”, pero nuestra mente añade:

  • “He vuelto al punto de partida”.
  • “No he avanzado nada”.
  • “La vida insiste en devolverme aquí”.
  • “Nunca voy a conseguir salir”.
  • “He fracasado.”

Ahí empieza la tortura mental.

Si te fijas, ese lugar al que volvemos no representa una circunstancia aislada, sino todo un universo de lo que creemos que esa circunstancia dice sobre quiénes somos.

Hay lugares en los que no queremos estar y aún así, toca estar

Cuando era niña me decían: “En la vida hay que hacer cosas que no queremos hacer”. Y es cierto. Pero a medida que crecía y que era más consciente de lo que pasaba a mi alrededor, veía que casi había más de lo que no quería hacer que de lo que quería hacer.

Si lo piensas es peliagudo.

Porque o yo estaba siendo demasiado inflexible queriendo que todo se diese de una manera; o es que realmente no tenía herramientas para enfrentar de la forma adecuada lo que me pasaba.

No soy una persona que crea que si la vida te obliga a estar en un sitio tienes que conformarte. Lo que sí creo es que la vida te pone por delante las situaciones que necesitas vivir para precisamente, hacerte con esas herramientas.

Y mientras no las tienes, muchas etapas se vuelven incómodas.

Si alguien pide paciencia, ¿cree que Dios le da paciencia?, ¿o le ofrece la oportunidad de ser paciente?

– Película: Sigo como Dios

Puede que a veces necesites dinero y cojas un trabajo que no quieres. Que tengas que volver temporalmente a casa con tus padres. Que necesites abandonar un proyecto o que parezca que estás retrocediendo porque es la opción más responsable en ese momento.

Pero con el tiempo he descubierto que cuando la vida nos hace volver a la casilla de salida suele ser para que demos un nuevo primer paso.

Y aquí yo me he dado cuenta que cuando le dices a alguien que dé un paso distinto, no sabe hacerlo.

Piensa que un paso diferente es hacer algo alejado de lo que hizo la primera vez. Y es cierto que a priori puede funcionar, pero apostaría a que la vida te va a devolver tarde o temprano a esa casilla de salida porque el paso no está bien ejecutado.

Entonces la pregunta es: ¿Qué paso es el que tengo que dar?

Y ahí la respuesta es aparentemente simple: un paso diferente en tu vida es ese que das cuando ya no estás huyendo.

Cuanto más necesitamos escapar, más poder damos al lugar

Si una persona necesita desesperadamente dejar un trabajo porque estar allí significa “he fracasado”; cada día no solo va a trabajar, sino que va a recibir una sentencia sobre quién es.

Así que como es natural, el primer reflejo será el de querer salir de ahí de cualquier manera.

Esa es la definición de huida.

Y cuando reaccionas desde ahí puede ocurrir que cojas cualquier oportunidad, te desesperes cuando algo falle, interpretes cada contratiempo como afirmación de que estás atrapado y vuelta al punto…

La huida nos hace avanzar sin saber a dónde vamos. Esa es la trampa.

Y lo que ocurre es que le hemos colocado un peso tan tremendo al lugar del cual queremos escapar, que hemos hecho de él una prisión antes siquiera de averiguar si realmente lo es.

Piénsalo por un momento.

A lo mejor la vida te quiere ahí porque es en ese lugar donde toca recoger una herramienta para seguir adelante. Y de ser así, la libertad que anhelas ha empezado a materializarse justo en el lugar en el que has tenido que volver y del cual estás como loco o loca por querer salir.

El sentimiento de que todo se repite una y otra vez

He escuchado suficientes experiencias difíciles y vivido unas cuantas como para que la frase “si te siguen pasando cosas malas es porque todavía no has aprendido”, no me arañe todavía un poco.

Pero te diré algo. Esta frase aunque incómoda, me sirve.

Porque parte de la idea de que hay algo que yo puedo hacer que es “aprender”. Y aquí, puedes creer en ello o no. Es más, hagamos un pequeño experimento.

Olvidémonos por un momento de si la afirmación “te siguen pasando cosas malas porque todavía no has aprendido” es cierta, empírica, de si tiene datos o de si se ha demostrado por el método científico. Dejemos eso a un lado y solo permitámonos que esta hipótesis nos coloque en un lugar diferente donde no se trate de si es verdad o no, sino más bien de cómo esta idea nos hace sentir.

Me explico.

Existe cierta coherencia en pensar que en la vida se repiten ciertas experiencias, porque hay algo que siempre hacemos igual aunque no nos demos cuenta. Si tomamos esto como la raíz de cualquier problema, la conclusión es entonces que lo que te pasa no depende solo de las circunstancias, sino también de lo que haces con lo que te pasa.

Esto lo habrás escuchado muchísimas veces. Pero si te plantas frente a esta posibilidad, ¿qué te queda?

Probablemente una sensación de que hay algo que se puede hacer. Que hay una salida y que quizás solo falta encontrar el punto donde romper la dinámica.

Si tú también llegas a esta conclusión, lo más sensato para ti y para cualquiera, es que empieces a mirar la vida desde ese lugar y no desde el “todo me pasa a mí” . Porque desde ese “todo me pasa a mí”, no hay salida. Por mucho que te parezca que es la realidad del asunto.

Al final, hay que tratar de ser más listos y coger lo que sirve, lo que te motive y lo que actualice tu mentalidad.

Deja de juzgarte

Como te decía, cuando era niña y vivía resignándome a hacer cosas que no me gustaban, me desgastaba y además seguían repitiéndose cosas en mi vida.

Volvía a ofenderme y a discutir por lo mismo, a sentirme parada, a querer irme de cada sitio creyendo que el problema estaba en la gente, en las rutinas, en las circunstancias.

Y por fin, muchos años después, llegué a ese punto en el que supe hacer la diferencia entre lo que es mío y lo que es de fuera.

Así que voy a decirte lo que a mí me ha ayudado a “salir” de lugares sin abandonarlos nunca.

La segunda flecha

Muchas veces llamamos experiencia a la realidad externa que vivimos. Pero se nos olvida que la realidad externa que percibimos está cargada de interpretación personal.

Pongamos un ejemplo aleatorio.

Cuando pierdes un trabajo, te quedas sin ingresos y tienes que volver a vivir con tus padres, piensas que eso es un fracaso o una vergüenza.

Fíjate que aquí existen 2 cosas diferentes:

  • El hecho desnudo: es la realidad, lo que te ha pasado y nada más.
  • El veneno: es el juicio que tú haces no ya de esa situación sino de ti en base a tus creencias, tus vivencias o ejemplos de otros.

En la psicología budista tradicional existe la parábola de la segunda flecha. Esta metáfora explica que en la vida nos alcanzan dos tipos de flechas.

La primera flecha es el hecho inevitable (el dolor). Puede ser perder un trabajo, una pareja, arruinarte… Esta circunstancia duele y es real. Representa el dolor físico.

La segunda flecha es el juicio que lanzas sobre ti (el sufrimiento): “has fracasado”, “qué vergüenza”… Esta segunda flecha es la que causa estancamiento o parálisis. Representa el sufrimiento mental y emocional.

Esta misma filosofía budista nos recuerda algo importante:

“El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.

– Buda

No se trata de negarte el dolor, pero sí el sufrimiento.

¿Cómo?

Deja a un lado la interpretación

Quizá nunca hayas pensado en restar cuando intentas entender lo que te pasa, porque precisamente, hacemos lo contrario: sumarlo todo.

Sumamos lo que creemos que significa, lo que tememos que suceda después, lo que nos recuerda del pasado y hasta lo que pensamos que ese hecho dice de nosotros.

Y después llamamos realidad al resultado de toda esa operación.

Pero yo probé a hacerlo al revés.

Cogí eso que estaba viviendo y empecé a quitar todo lo que creía que esa circunstancia decía sobre quién era yo.

Lo que hice fue dejar de interpretarlo todo en clave negativa y quedarme con un “esto es lo que ha pasado” y punto.

Hacerlo me aportó dos cosas:

  1. Centrarme en lo importante.
  2. Dejar de ver mi situación como una condena y verlo como un lugar en el que hacer algo diferente.

Son dos cosas que dependen de mí.

Al principio me costó muchísimo y en según qué aspectos de mi vida, me sigue costando. Pero cuando hago este pequeño ejercicio, encuentro mejor cómo dar ese nuevo primer paso del que te hablaba antes. Sin huir, sin demonizar y sin perder el foco.

Porque el lugar puede ser el mismo, pero tú no tienes por qué ser la misma persona ni dar el mismo paso.

Salir consiste en aprender a estar

Es una paradoja que te invita a hacer un cambio.

Cuando piensas “Necesito esto para estar bien”, dejas que tu bienestar dependa de que cambie una circunstancia externa sobre la que no tienes ningún control.

Pero si consigues llegar al punto de “No quiero estar aquí, voy a hacer lo que debo para llevarme bien con esta situación entendiendo que este lugar no define quién soy”, ahí es cuando tu relación con la experiencia de lo que has vivido ya ha cambiado.

Todavía quieres marcharte, pero ya no estás huyendo. Y desde ahí, tomas mejores decisiones porque no necesitas agarrarte a la desesperada a cualquier primera puerta que veas.

Cuando te quieras dar cuenta, puede que esa etapa de tu vida te haya dado más claridad sobre lo que venías repitiendo, sobre lo que necesitas cambiar en ti o sobre cómo no volver a caer en lo mismo.

Solo recuerda: puedes aceptar dónde estás ahora sin decidir quedarte allí.

Solo algunos ejemplos

Te diría que si estás en un momento de tu vida en el que, por lo que sea, te ha tocado volver a un lugar en el que no deseabas estar, no desesperes. Quizás no te reconforte mucho en este momento, pero todo tiene un aprendizaje que darte. Estoy segura.

No es porque me guste pensarlo, porque suene bonito o porque me apetezca decirle a quienquiera que me lea que todo irá bien y ya.

Es solo que las vidas de todas las personas que conoces pasan por baches. Momentos de tener que replegarse y estar en lugares de dónde lo único que quieren es escapar.

Ejemplos hay muchos. Te doy algunos que me pillan cerca.

  1. Mi madre volvió a casa de sus padres después de divorciarse y de que le diagnosticasen un cáncer. En aquel momento quería ser madre y le dijeron que no podría tener hijos. No trato de escapar, pero tampoco se conformó con quedarse donde la vida la había devuelto. Decidió tomar la decisión de no creer lo que otros dijeran de su condición o sus posibilidades. Cogió fuerzas y planteó el siguiente paso. No se definió a través de esa etapa, pero de ahí salió más fuerte. Tiempo después conoció a mi padre, superó el cáncer y nos tuvieron a mi hermana y a mí.

  2. Mi mejor amiga estuvo trabajando por cuenta propia hasta que se le cayó el cliente que tenía con el que lograba pagar las facturas, teniendo además dos hijos. Tuvo que volver a la hostelería creyendo que la había dejado atrás para siempre. Fue un golpe muy duro, pero dijo que volver a la actividad, a hablar con la gente y mover el cuerpo le permitió airear la cabeza, salir de su prisión mental y sobre todo, darse cuenta que podía hacer mucho más. No se rindió. Volvió a encontrar clientes y a trabajar en diferentes proyectos, enseñando a otros y sin perder las ganas de vivir de lo que le encanta hacer.

  3. Un amigo mío que salió de una relación tóxica y había recuperado su bienestar emocional, volvió a experimentar una inseguridad que creía superada. Tuvo que volver a terapia y sintió que todo lo que había trabajado no había servido porque se repetía el mismo patrón en sus relaciones. Dudó, pero no dejó que esa situación le tirase para abajo. Supo que lo mejor era terminar esa relación porque ya la había vivido antes. Ahora dice que volver a ese estado le permitió ganar más claridad sobre por qué atraía este tipo de relaciones.

Son ejemplos suficientes para encontrar el punto en común.

Estas personas se dieron cuenta de que estaban en un momento difícil, pero que había que quedarse un ratito en ese lugar sin tratar de escapar de él de cualquier manera. Aceptarlo, pero no resignarse. Desde luego, podían definirse a través de esas experiencias y considerar que habían fracasado.

¿La clave?

No lo hicieron.

O si lo hicieron, fue solo un momento. Dejaron de ser crueles con su realidad y aunque en ese momento sintieron que estaban volviendo a lugares que no querían, no permitieron que esas situaciones les definieran.

Así que, que te lleve el tiempo necesario darte cuenta que puedes volver a un lugar en el que no quieres estar, pero que eso no te define. Manda a la mierda a quien diga que sí y sigue. Aprende lo que te falta por ver de esos lugares y da el siguiente primer paso.

No lo veas como una condena, sino como una transición.

Y si necesitas un empuje, busca historias de superación y ponte en contacto con esas personas. Escríbeles, pregúntales, métete en esa frecuencia de cambio solo por contagio.

Quizás la forma de cambiar tu realidad, no está en cambiar lo que pasa fuera, sino tu forma de mirar lo que pasa y quién eres tú a través de ella.

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