La ley del invierno personal

escrito por beatriz

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Este año una de mis personas más especiales me regaló una orquídea por mi cumpleaños.

Lo primero que sentí fue sorpresa e ilusión. Lo segundo tuvo más que ver con la responsabilidad de lograr que me dure por mucho, mucho tiempo. Es un regalo tan increíble, que mi mayor preocupación es no sacarla adelante.

Así que ahí voy, aprendiendo sobre las orquídeas y ya tengo el resumen: no es una planta cualquiera.

La característica de las orquídeas es que viven, resisten y pueden llegar a florecer varias veces en un año.

Cuidarla es fácil, pero equivocarse también.

El error más común es el de la sobrecompensación. Cuando vemos que la orquídea decae y pierde sus flores, nuestro instinto nos empuja a regarla más, a moverla de sitio y a forzarla a reaccionar.

No entendemos que su aparente debilidad no es falta de atención, sino una necesidad biológica de descanso. Es normal que al ver sus flores siempre queramos verla verde, radiante y productiva, pero si tienes una planta como esta, acabas por darte cuenta que seguir por ese camino no tiene sentido.

Lo mismo que seguir ese camino para con nosotros y nosotras mismas tampoco tiene efectos positivos.

El arte de no brillar todo el tiempo

Esta es una ley fundamental de la energía que una orquídea entiende a la perfección.

Mientras las personas buscamos adaptarnos al ritmo frenético que la vida impone, no entendemos que hay momentos para florecer y momentos para replegarse. Hay momentos para ser productivos y momentos para descansar.

Una orquídea no está muerta cuando pierde sus pétalos. Está haciendo lo que tú y yo rara vez nos permitimos hacer: conservar energía, fortalecer raíces y prepararnos en silencio para la siguiente temporada. El verdadero florecimiento, tanto en la botánica como en la vida, no es una línea recta de éxito continuo, sino un sistema estratégico de ciclos, paciencia y enfoque a largo plazo.

En cambio, en la vida que nos han vendido, estiramos el chicle de la productividad hasta no poder más.

Y esto entraña un riesgo de poca broma: colapso, enfermedad y baja productiva.

Lo he visto chorrocientas veces.

Personas cercanas que siguen forzando una situación laboral, relacional, de estatus o económica que no se ajusta a su momento emocional. No pasa nada. Todos lo hacemos. Pero no siempre entendemos que el arte no está en aguantar, sino en ser conscientes para precisamente, soltar.

El invierno personal no es un fracaso

Hay épocas en las que nos sentimos vacíos, cansados y sin ningún rumbo que seguir. Lejos de darnos espacio, tratamos de distraernos, evitar la situación o escapar de ella de cualquier manera .

Pareciera que si no estamos mostrando flores, estamos fracasando.

Si no tienes una casa con más de 30 años, estás fracasando. Si no tienes trabajo o si tienes uno mal pagado estás fracasando. Si estás solo o sola, estás fracasando. Si todavía no eres madre o padre, estás fracasando…

La pregunta ante todo es “¿dónde quieres estar?”, pero no nos la hacemos porque estamos aguantando en un lugar en el que no nos toca seguir. Y más allá de eso, tememos hacernos esta pregunta para descubrir que no estamos donde nos gustaría y entonces, vuelta a decir “estás fracasando”.

Así que el primer paso sería darse el permiso:

  • De no estar donde quieres estar.
  • De querer salir de ahí.
  • De descansar y aceptar tus tiempos.

La orquídea en ese sentido nos enseña que la ausencia de resultados visibles no es un muerte, sino el espacio donde la energía se repliega para que algo nuevo pueda nacer después.

Este espacio es sagrado. Y si no lo sabes, tiras la orquídea. Lo curioso es que en el ámbito personal, tampoco nos damos ese espacio. No nos tiramos a la basura, pero no respetamos nuestro invierno necesario.

Forzar el ritmo solo acelera la caída

Si a una orquídea la riegas todo el tiempo, la llenas de fertilizantes y la cambias de sitio constantemente, lo único que consigues es debilitarla y acortar su vida.

Su belleza reside en que no tiene prisa.

Pero las personas en cambio vamos como pollos sin cabeza. No solo con la prisa física de llegar a algún lado, sino con la prisa en nuestros propios procesos humanos queriendo sanar lo que no funciona.

Sanar rupturas en dos semanas, sanar cambios vitales que requieren de adaptación en cuestión de un mes, sanar heridas troncales que llevan ahí desde siempre en cuestión de un abrir y cerrar de ojos.

Por ahí no.

Todas las cosas que merecen la pena de tu vida requieren tiempo. No son simples objetivos que cumplir o lugares a los que llegar. Es todo un viaje en sí y el destino no es lo que más importa.

No te detengas, pero no quieras realizarlo a toda prisa.

Plantéate las paradas necesarias, pero no trates de encajar en el ritmo vital de otros ni en las paradas de los demás. Eso solo destruirá tu salud mental. Cada persona tiene sus propias estaciones y nos corresponde a nosotros y nosotras mismas no forzarla.

La importancia de cuidar lo que no se ve

En nuestro día a día solemos descuidar nuestras propias raíces: el descanso, el silencio, la rutina, las conversaciones reales con las personas que queremos o incluso, los momentos necesarios de no hacer nada.

Nos enfocamos más en la flor que supuestamente tenemos que echar y que cuando salga luzca perfecta y dure, y no nos damos cuenta que antes de echar flores hay que cuidar todo el ecosistema que permite que ese detalle se dé.

Si no, puedes esperar a echar una flor que nunca llega y que cuando llegué no dure mucho porque todo lo demás fallaba desde hacía tiempo.

Cuídate tú como un todo porque solo así todo llega y se conserva mejor.

Las mejores lecciones vienen en forma de regalo

Estoy en un momento de fuertes cambios. Y este regalo ha venido en el mejor momento para recordarme que antes de volver a echar flores, tengo que prestar atención a mis raíces.

Es algo tan básico que siempre se olvida.

Ya no quiero una vida de aparente tranquilidad. Quiero más. Pero nada de lo que deseo va a llegar si primero no me repliego un momento.

Prefiero aprender el arte de la orquídea: tener la paciencia para atravesar mis momentos oscuros, la sabiduría para respetar mis ritmos y la certeza de que, si primero cuido mi interior y aprendo a volver a él en silencio, echaré cuantas flores quiera llegado el momento.

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