Hace más de 5 años que practico boxeo. Creo que por aquel entonces no estaba tan de moda como se ve ahora y ni de broma habría pensado que me agradaría.
Desde mi desconocimiento, el boxeo eran dos personas que se pegaban sin ningún tipo de control. Dos tipos fornidos, dándose de leches hasta ver cuál era el primero en caer.
Para mí no tenía ningún atractivo.
Y en ese momento además, no tenía ninguna gana de hacer ejercicio. Es la vez en mi vida que me he sentido con menos fuerzas.
Yo estaba por aquel entonces pasando una muy mala racha y sobre todo, lo que más me desgastaba era un trabajo que día a día me quitaba literalmente las ganas de vivir.
Desde el punto de vista moral estaba hundida. Desde el punto de vista físico estaba muy débil. Había perdido tanto peso hasta llegar a los 48 kilos. Me daba angustia mirarme al espejo y todo ello se juntaba con mi problema de insomnio.
Era como digo, una sombra yendo de aquí para allá sin fuerzas.
Pero hay momentos en los que la vida parece que te da señales. Yo recibí unas cuantas.
La primera fue una mañana en la que al despertarme me dolía muchísimo la espalda. Cuando se lo comenté a mi madre, me dijo que me daría un masaje y al verme las costillas tan marcadas, su conclusión fue clara: “Cómo no te va a doler, si no hay músculo sobre el que apoyarte en el colchón”.
La segunda fue mi compañera de mesa en el trabajo. Ella estaba haciendo las prácticas en el departamento de comunicación y yo curiosamente, me había quedado a cargo de ese departamento.
Cuando le dije que me dolía mucho el cuerpo (y ya estaba pasando a decirlo todos los días, varias veces ), me preguntó que por qué no me apuntaba a boxeo.
Al parecer su novio había empezado a entrenar y el gimnasio estaba literalmente al lado. Dos minutos cruzando la calle.
Yo le puse pegas, porque es lo que pasa cuando no se tiene ni moral, ni fuerzas, ni ganas de nada. Y ella estuvo literalmente días y días repitiendo que me apuntase. La recuerdo todo el tiempo diciendo lo mismo. Ya no solo cuando me quejaba si no cuando había una pausa. Ahí estaba ella para preguntarme “¿Ya te has apuntado?”.
Así que aunque en el momento no creía en las señales, ahora sé que esta fue una de ellas. Y simplemente por hacer algo con mi situación o por dejar de oírla, me apunté.
Empezar algo siempre es incómodo
Debo decir que ese gimnasio de boxeo, distaba mucho de los gimnasios pugilísticos de mi cabeza. Era moderno, limpio, luminoso, ordenado y la gente que iba parecía que lo último que quería era liarse a dar guantazos sin más.
Sí, prejuicios.
Hice la clase de prueba, en la cual me explicaron los pasos y los golpes básicos.
Pero mi atención bailaba, por un lado en no parecer muy torpe, y por otro en ver la clase de ese día.
Literalmente era un no parar. Golpes al saco, combinaciones de manos con el compañero, mucho físico, salto a la comba y mucha energía de superación en todo el gimnasio.
Terminó la clase y dije “Pues me voy a apuntar porque no tengo otra cosa”. Salí de allí haciendo un gasto considerable entre la matrícula, la mensualidad, las vendas y los guantes que sinceramente no me esperaba. Y todavía me quedaba por comprar algo de ropa para toda la transpiración y la comba.
Todavía recuerdo las risas de quiénes me vieron poniéndome los guantes… Parecían dos palillos metidos en dos aceitunas.
Lamentable, la verdad.
Y obviamente las primeras semanas de clase, me costó muchísimo coger el ritmo.
Es más, recuerdo que mi compañera de mesa / mensajera / salvavidas que tanto había insistido para que me apuntase, me cogía de la mano y me arrastraba para verme bajar las escaleras como un muñequito de playmobil debido a las tremendas agujetas en los gemelos.
Miraba a las otras chicas del gimnasio y solo pensaba “De mayor quiero ser como ellas”. Y normal porque yo era la más patosa, la más tímida y tenía la sensación permanente de estar haciendo el ridículo sin haber pillado la coordinación, ni la fuerza aunque fuera para hacer algunos fondos o sentadillas.
Pero es lo que pasa cuando se empieza algo nuevo.
Hay que darse la oportunidad de probar. Y si además eres alguien que tiene la autoestima por los suelos, enfrentarse a lo nuevo tiene un mérito muy especial.
Los beneficios de hacer (este) deporte
En cuestión de dos semanas ya estaba enganchada.
Acababa reventada en cada clase y seguía pareciendo un fideo. Pero el boxeo me dio algo que la depresión me había quitado: las ganas de comer y volver a dormir.
Literalmente acababa tan hecha polvo que aunque me dolía el cuerpo, sentía que se estaba fortaleciendo. Y eso lo cambiaba todo.
Mi cabeza había conseguido que se me cerrase el estómago y los pensamientos recurrentes, me habían quitado horas de sueño. Pero el boxeo me dejaba tan exhausta que por mucha cabeza boicoteando, el cuerpo quiere lo que quiere.
Se dice que en épocas de depresión, hacer ejercicio es esencial para reactivar las hormonas de la felicidad.
Y es cierto.
Aunque en mi caso, lo que me hizo mejorar fue entender hasta qué punto el cuerpo y sus necesidades pueden imponerse y tomar el mando para que simplemente le hagas caso.
Al mes siguiente, dejé ese trabajo horrible, me apunté a más clases y en pocas semanas había conseguido fortalecerme muchísimo.
Y eso solo fue a nivel físico.
Desde el punto de vista mental, el deporte (y para mí el boxeo) lanzó el mensaje combativo a mi cerebro de que era fuerte.
Cuando se tiene una autoestima baja, los pensamientos suelen ser del tipo: “no puedes con esto”, “no vas a lograrlo”, “no eres capaz”. Pero cuando empecé con el boxeo y al poco tiempo vi que mi cuerpo iba cambiando, ganando fuerza y tono muscular, esas frases simplemente no se sostenían.
Mi fuerza era mayor, mi técnica mejoraba y ya no me moría al final de cada entreno (y encima empezaba a saltar a la comba casi como un boxeador de verdad). Ahí le pude decir a mi cabeza que estaba muy, pero que muy equivocada respecto a mí.
Ese momento marcó el inicio del trabajo que llevo realizando en relación a mis creencias.
El deporte, el indispensable
Ahora pienso que es curioso que el deporte que más se ajusta a mí sea el boxeo y no otro.
Hay muchos deportes. Podría haber decidido correr, hacer pilates o yoga o cualquier otro tipo de actividad física, pero no.
Pienso que la decisión estaba motivada por esa parte de mí que lo que quería era pelear. En el momento en el que más débil me sentía a nivel físico, una parte de mí quería levantarse e imponerse. No dejar que me pisotearan y revolverme por cómo otros habían hundido mi autoestima.
Ahora cuando las cosas se ponen difíciles, me gusta vendarme, ponerme los guantes e ir al gimnasio a entrenar. Me recuerda que los obstáculos son difíciles, pero que puedo con ellos.
Y es más, también me ha enseñado la importancia de atender y escuchar el cuerpo porque arroja mucha más información de la que somos conscientes.
En definitiva, hacer deporte por sí solo no soluciona los problemas de tu vida. Sean los que sean. Pero sí te ayuda a recalibrar la mente y evitar que esta siga echando gasolina al motor de tus preocupaciones. Por eso el primer paso para recuperarse de una crisis suele ser poner freno al ruido mental.
Y ahí, el deporte gana.